Desde los albores de la humanidad, mucho antes de que existiera la escritura o la filosofía tal como la conocemos, los seres humanos ya sentían una profunda conexión con el mundo animal. La teriantropía en el arte rupestre nos revela que esta experiencia —la de identificarse, fundirse o transformarse simbólicamente en un animal— no es un fenómeno moderno ni marginal, sino uno de los impulsos espirituales más antiguos y universales de nuestra especie. Las paredes de cuevas iluminadas por teas hace decenas de miles de años guardan los primeros testimonios visuales de esa conexión, y su mensaje resuena con una claridad sorprendente hasta el presente.
El arte rupestre y los primeros vínculos entre humanos y animales
El arte rupestre animales es, con diferencia, el tema dominante en las pinturas y grabados prehistóricos. Desde las cuevas de Altamira en Cantabria hasta Lascaux en Francia, pasando por las pinturas de Sulawesi en Indonesia —datadas en más de 45.000 años de antigüedad—, los animales ocupan un lugar central en la cosmovisión de nuestros ancestros. Pero no se trata únicamente de representaciones naturalistas. En muchas de estas obras aparecen figuras que mezclan rasgos humanos y animales de manera deliberada y reiterada.
Estas representaciones híbridas, a las que los investigadores denominan figuras teriantrópicas, son especialmente significativas porque trascienden la mera observación del entorno natural. No son errores de ejecución ni simplificaciones torpes: son imágenes pensadas, cargadas de significado, que hablan de una concepción del mundo en la que la frontera entre lo humano y lo animal era porosa, permeable, sagrada.
"Las figuras híbridas del Paleolítico superior no son monstruos ni aberraciones. Son ventanas a una forma de entender la existencia en la que el ser humano se veía a sí mismo como parte inseparable del mundo animal." — David Lewis-Williams, arqueólogo y especialista en cognición prehistórica
El Hombre León de Hohlenstein-Stadel: el símbolo más poderoso
Si existe una obra que condensa de manera magistral la idea de la teriantropía arte rupestre, esa es sin duda la estatuilla conocida como el Löwenmensch, o Hombre León de la cueva de Hohlenstein-Stadel, en Alemania. Esta figura, tallada en marfil de mamut hace aproximadamente 40.000 años, representa un ser con cuerpo erguido y postura claramente humana, pero con cabeza de león de las cavernas.
Con una altura de 31 centímetros, el hombre león cueva es considerado la escultura figurativa más antigua conocida en el mundo. Fue descubierta en 1939 en fragmentos y tardó décadas en ser reconstruida con precisión. Lo que hace única a esta pieza no es solo su antigüedad, sino su complejidad simbólica: requirió cientos de horas de trabajo artesanal para ser creada, lo que implica que quien la talló, y quien la encargó o la usó, le otorgaba un valor extraordinario.
Los investigadores debaten aún sobre su función. ¿Era un objeto ritual? ¿Un amuleto chamánico? ¿La representación de una deidad? Lo que parece claro es que encarna una intención muy específica: representar un ser que no es del todo humano ni del todo animal, sino ambas cosas a la vez. Para quienes hoy se identifican como therians o como personas con una identidad teriantrópica, esta figura tiene una resonancia especial: es la prueba de que esa vivencia interior tiene raíces que se pierden en los orígenes mismos del pensamiento simbólico humano.
Otras figuras teriantrópicas destacadas en el registro arqueológico
El Hombre León no es un caso aislado. A lo largo del registro arqueológico del Paleolítico superior y de culturas posteriores, encontramos numerosas figuras híbridas que apuntan a una práctica extendida de la teriantropía en el arte rupestre:
- El Hechicero de Trois-Frères (Francia): Una figura grabada en una cueva del Ariège, datada en unos 13.000 años de antigüedad, que muestra un ser con cornamenta de ciervo, ojos de búho, garras de oso y cola de caballo. Muchos arqueólogos lo interpretan como un chamán en plena transformación ritual.
- Las figuras de Çatalhöyük (Turquía): En este asentamiento neolítico de hace 9.000 años, aparecen figuras humanas en posiciones que evocan movimientos y posturas animales, rodeadas de representaciones de buitres y toros.
- Los hombres-pájaro de Lascaux (Francia): En el famoso pozo de Lascaux, una figura humana con cabeza de pájaro yace tendida frente a un bisonte herido. La interpretación chamánica de esta escena es una de las más aceptadas en la academia.
- Los grabados de Bradshaw (Australia): Las pinturas rupestres aborígenes australianas incluyen figuras que mezclan anatomía humana con rasgos de canguro, serpiente o pájaro, vinculadas al concepto del Tiempo del Sueño.
- Las pinturas de Drakensberg (Sudáfrica): Las representaciones san o bosquimanas muestran figuras en estado de trance que adquieren características del antílope eland, el animal más sagrado de su cosmovisión.
El chamanismo como puente entre la teriantropía y el arte rupestre
La interpretación chamánica es, actualmente, una de las más respaldadas para explicar las figuras teriantrópicas del arte rupestre animales. El chamanismo es un conjunto de prácticas espirituales presentes en culturas de todos los continentes, en las que el chamán —figura intermediaria entre el mundo humano y el mundo espiritual— realiza viajes extáticos durante los cuales adopta la forma, la perspectiva o las cualidades de un animal auxiliar o tutelar.
Según esta hipótesis, desarrollada en profundidad por el arqueólogo David Lewis-Williams a partir del estudio del arte san, las pinturas rupestres no representaban simplemente lo que los artistas veían en el exterior, sino las visiones que experimentaban durante estados alterados de conciencia: trances inducidos por el ritmo, el ayuno, la hiperventilación o sustancias psicoactivas. En esos estados, la sensación de transformarse en un animal —de devenir animal— era vivida con toda su intensidad.
Esta conexión entre la teriantropía arte rupestre y el chamanismo no implica que toda experiencia teriantrópica moderna sea chamánica, pero sí sugiere que el fenómeno de sentir una identidad o una conexión profunda con un animal tiene precedentes en las experiencias más fundamentales de la conciencia humana. No es una patología ni una fantasía: es una forma de percepción que ha acompañado a nuestra especie desde sus inicios.
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Teriantropía, identidad y memoria colectiva
Para la comunidad therian contemporánea, el descubrimiento de que la teriantropía en el arte rupestre tiene miles de años de historia puede ser profundamente significativo. No se trata de reivindicar una continuidad directa con el Paleolítico —las culturas y los contextos son radicalmente distintos—, sino de reconocer que la experiencia de sentir una identidad animal no es algo que haya surgido de la nada en internet en los años noventa.
La sensación de que una parte esencial de uno mismo es animal, de que hay un animal interior que cohabita con la identidad humana, es una vivencia que ha encontrado expresión en el hombre león cueva de hace 40.000 años, en los rituales chamánicos de las culturas originarias, en las mitologías de todo el mundo —desde Anubis hasta Ganesh, desde los hombres-lobo celtas hasta los naguals mesoamericanos— y, hoy, en las narrativas y comunidades de therians en todo el planeta.
Reconocer esta larga genealogía no es romantizar el pasado ni apropiarse indebidamente de tradiciones ajenas. Es, simplemente, tomar conciencia de que ciertas formas de experiencia humana son recurrentes, profundas y transculturales. Y eso merece respeto y curiosidad intelectual, tanto desde dentro como desde fuera de la comunidad therian.
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¿Qué es exactamente una figura teriantrópica en el arte rupestre?
Una figura teriantrópica es una representación artística que combina rasgos humanos y animales en un solo ser. En el contexto del arte rupestre, estas figuras aparecen en cuevas y abrigos de todos los continentes y se asocian generalmente con prácticas rituales o chamánicas. El ejemplo más famoso es el Hombre León de Hohlenstein-Stadel, en Alemania, datado en unos 40.000 años de antigüedad.
¿Tiene relación el arte rupestre con la teriantropía moderna?
No hay una continuidad directa, pero sí una resonancia. La teriantropía moderna —la experiencia de sentir una identidad parcial o totalmente animal— y las figuras teriantrópicas del arte rupestre comparten el mismo sustrato: la experiencia humana de identificarse profundamente con lo animal. El arte rupestre muestra que esta experiencia tiene raíces antiquísimas en la historia de nuestra especie.
¿Por qué los chamanes se representaban como animales?
En las tradiciones chamánicas, el animal no es solo un símbolo sino un aliado espiritual. Durante el trance, el chamán adoptaba literalmente la perspectiva, el poder o la forma del animal tutelar. Representar esa transformación en el arte era una forma de documentar y comunicar esas experiencias espirituales, y de transmitir el conocimiento sagrado a otros miembros del grupo.
¿Qué diferencia hay entre un animal totémico y la teriantropía?
El totemismo es una práctica colectiva: un grupo o clan se identifica con un animal ancestral que les confiere identidad y protección. La teriantropía, en su uso contemporáneo, es una experiencia individual: una persona siente que su identidad psicológica o espiritual incluye una naturaleza animal específica. Aunque comparten raíces simbólicas, operan en niveles distintos —colectivo versus individual.
¿Es la teriantropía una práctica religiosa?
No necesariamente. Para algunas personas therian, su identidad es puramente psicológica, sin componente espiritual. Para otras, tiene una dimensión espiritual o chamánica. Y para otras más, se enmarca dentro de tradiciones paganas, animistas o neochamánicas. La teriantropía es ante todo una experiencia de identidad, y cada persona la vive e interpreta de manera diferente.
Conclusion: las cuevas nos recuerdan que siempre fuimos animales
El arte rupestre animales no es solo un catálogo de la fauna prehistórica. Es el testimonio de una humanidad que se sabía parte del mundo natural, que honraba a los animales como maestros, aliados y espejos de su propia alma. Las figuras teriantrópicas que pueblan las paredes de esas cuevas no son anomalías: son el corazón mismo de ese sistema simbólico.
El hombre león cueva de Hohlenstein-Stadel, con su postura erguida y su mirada felina, lleva cuarenta milenios haciéndonos la misma pregunta: ¿dónde termina el humano y dónde empieza el animal? La respuesta que insinúa no es una frontera clara, sino una zona de tránsito, un umbral sagrado que nuestra especie ha cruzado una y otra vez en sus rituales, sus mitos, sus sueños y sus identidades más profundas.
Para quienes hoy viven la teriantropía arte rupestre como un eco de algo muy antiguo dentro de sí mismos, las cuevas ofrecen una perspectiva poderosa: no estáis solos en el tiempo. Antes que vosotros, otros seres humanos sintieron esa misma llamada y encontraron la manera de darle forma, de hacerla visible, de tallarla en marfil o pintarla con ocre sobre la piedra. Esa memoria no se ha perdido. Sigue ahí, esperando en la oscuridad de las cuevas, para quien quiera escucharla.